Fuimos a parar a ese pueblo fantasma que fue construido en la época franquista para que los trabajadores del ministerio fueran a pasar 15 días de vacaciones cada verano y que ahora está abandonado. Me quedé sin carrete, claro. Era el final del viaje así que no me quedaban más carretes. Hice las 15 fotos que me faltaban y mientras las hacía ya estaba sufriendo porque ahí había mucho más material en el que trabajar que esas insuficientes 15 fotos. Después empecé a pasarlo fatal, me ardía el estómago, tenía que sentarme en el suelo y taparme la cara con las manos para no mirar porque no podía parar de ver montones de fotos que no podría hacer.

Pensé que no lo podía soportar, pensé que ese ere mi lugar ideal. 

Sebastián decía que no pasaba nada, que iríamos al pueblo de al lado y compraríamos carretes y volveríamos a Perlora pero lo único que yo podía pensar era que, si no hacía las fotos en ese exacto instante, el pueblo desaparecería, se quemaría, se inundaría, y yo habría perdido todas esas fotos para siempre.